Educación Elitista y Lucrativa Ajena a Nuestra Realidad Social

Por Leandro Rodríguez


El día 20 de mayo en el diario el comercio salió un artículo con el título: “Hacia un Sistema Educativo Coherente, Eficiente y Orientador”. “Daños Vocacionales”. El autor narraba su vida de estudiante en una universidad estatal, indicando su gran frustración cuando asistía a clases, ya que contaba -según él-, con un currículo memorístico y anárquico; además de los paros, huelgas y voceros comunistas que alejaban a las clases medias de sus aulas. Finalmente todo esto desencadenó en el abandono de su profesión y con la migración a otras especialidades.

Desde mi punto de vista, me parece importante aclarar esta visión muy particular que refleja un sello de clase muy marcado. En primer lugar, la profesión que había escogido no llenaba sus expectativas ni lo apasionaba, razón por la cual desistió. En segundo lugar, no sé cuántos casos habrán parecidos, que pudieran indicar algún problema a tomarse en cuenta; y en tercer lugar, no sé si es una experiencia que pueda servir para la actual universidad o simplemente es algo muy particular. Lo que sí es muy claro, es el hecho de que no se puede por inducción, transmitir a la comunidad una línea de pensamiento como si fuera la verdad absoluta.

Muchos de los profesionales con los que trabajo -quienes actualmente ejercen cargos importantes en diversas empresas-, son egresados de universidades nacionales y sus estudios de ingeniería no han derivado en un rendimiento profesional nulo ni mucho menos, como afirma el autor de la nota. Por el contrario, se demostró que la formación que impartía -y que aún imparte-, la universidad pública, es relativamente buena a pesar de las enormes dificultades que afronta. Esto es algo que compruebo en la práctica, cuando trabajo con personal practicante, proveniente de diferentes universidades del país. Si esto no fuera así (por simple inducción lógica), tendríamos que cerrar muchas instituciones privadas y públicas que se soportan en su mayoría en profesionales formados en universidades estatales. También tendríamos que empezar a evaluar a todo tipo de profesionales, como lo están haciendo con los maestros actualmente, para saber si están capacitados para ejercer su profesión. Dejaríamos entonces sin salida, a las universidades públicas y también a las privadas; ya que en los casos desaprobados, demostraría que los títulos que impartieron no sirvieron para nada, por lo que muchos profesionales en todas las áreas tendrían que buscar trabajo al ser despedidos. Cosa de locos evidentemente.

Los que estudiamos en colegios privados (con gran sacrificio de nuestros padres), y posteriormente accedimos a una educación pública en la universidad, nos encontramos con un ambiente generador de ideas y con gran impulso para el cambio; con una preocupación social muy grande. Experiencias importantes que marcaban nuevas líneas de pensamiento y sistemas sociales, que buscaban la justicia e igualdad de los seres humanos, como en el caso de la Unión Soviética, la experiencia cubana y la experiencia chilena. Eran eventos que no se podían dejar de lado en la universidad -que como tal-, era el centro de generación de ideas y pensamientos que marcarían incluso el rumbo de nuestra sociedad. En nuestro país, muchos pensadores que ejercían cargos públicos estudiaron en universidades también públicas; tal es el caso de Haya de la Torre, que ejerció la presidencia de la Federación de Estudiantes del Perú y formó la Universidad Popular, hasta los más destacados políticos y científicos del país. La universidad era el lugar donde se discutían ideas de diversas tendencias políticas y se formaba la conciencia social.

Por otro lado, muchos de los que estudiábamos en universidades públicas, habíamos tenido una infancia muy cercana a la realidad del país y habíamos podido ver la cruda realidad de las necesidades, de las injusticias y de un sistema de gobierno que no funcionaba. Este también era uno de los motivos por los cuales, cuando alcanzábamos la universidad queríamos cambiar el mundo. En mi caso por ejemplo, estudié los 3 primeros años de la primaria en una escuela fiscal donde mi madre era la directora. Los alumnos éramos niños de la ciudad y del campo; estos últimos, provenientes de las estancias y poblados que se encontraban fuera de la ciudad. Muchos de ellos tenían que caminar de 3 a 4 horas para llegar a la escuela. Todos eran quechua hablantes. Mi madre era la única de todos los docentes que hablaba el quechua, por ello tenía a su cargo el grado de transición, que era como se llamaba al primer grado en aquella época. Asimismo, como directora era la única que podía dirigir las asambleas de padres de familia y hablar con ellos en sus mismas condiciones, ya que el resto de profesores no hablaban quechua. Los niños del campo aprendían a leer en dos años. El primer año aprendían el castellano y empezaban a familiarizarse con los lápices y cuadernos que nunca habían visto, cuyo manejo era estimulado fuertemente por el tesón de mi madre; recién al segundo año podían aprender a leer y escribir. El salón estaba dividido por la mitad; en una de ellas nos encontrábamos los niños de la ciudad y en la otra los del campo. La diferencia no sólo la marcaba nuestra procedencia y lo que aprendíamos, sino también la condición económica, racial, etc. Mientras nosotros íbamos bien vestidos, los otros niños iban con llanques, ojotas y en algunos casos, descalzos. Al principio no podíamos entendernos, pero poco a poco ellos podían comunicarse con nosotros, conforme iban aprendiendo el castellano. Sin embargo, por nosotros nadie se preocupó de enseñarnos el quechua para poder compenetrarnos con el entorno de los niños campesinos, y conocer sus vivencias. Pero quizás, si mi madre hubiera empezado a enseñarnos quechua, probablemente muchos padres de familia se hubieran indignado, ya que sus paradigmas descansaban en el desprecio a esa gente, sentimiento que se mantiene hasta la actualidad en muchas personas. Mi madre no sólo les enseñaba a leer y hablar castellano, sino también tenía que enseñarles normas de urbanidad y limpieza, que en muchos casos generaba grandes conflictos con sus padres. Tampoco era fácil para los niños de la ciudad, aceptar a sus compañeros del campo. No sólo porque los veían diferentes, sino también por los modelos mentales que habían sembrado en ellos sus padres. Este era un gran problema que tenía que resolver mi madre con los padres.

En aquella época, el Ministerio de Educación entregaba unos pases para el refectorio -que así se llamaba a un comedor popular para estos niños-, ya que la mayoría no regresaba a sus casas para el almuerzo y ni siquiera tomaban desayuno, a pesar de que las clases eran por la mañana y tarde. Cuando mi madre se aprestaba a entregar estos pases, que como máximo eran para 2 ó 3 niños, todos los demás se levantaban en masa, con la mano extendida para acceder a uno. Sólo ésos 2 ó 3, podían almorzar diariamente una comida, que ciertamente era pobre, pero que para ellos era un manjar exquisito. Poco a poco llegué a conocer y ser amigo de estos niños entendiéndolos; y por sobre todo, conocí en carne propia como era su calidad de vida. Recuerdo que un día visité a mi amigo Alberto en su casa. El piso era de tierra, la mesa de estudio era una ruma de adobes y su lámpara una vela. Sus padres eran analfabetos, pero el se convertiría en médico con el tiempo. Este niño por azares de la naturaleza y del destino, pudo pasar esa barrera de limitaciones con la que nació y porque la naturaleza lo dotó de un halo especial; pero toda su vida fue de lucha y de sacrificio. Cuando estudió en la universidad, prácticamente no salió del campus universitario en toda su carrera. Vivía en la residencia universitaria y tomaba sus alimentos en el comedor universitario. Los fines de semana no funcionaba el comedor, por lo que todos los universitarios que no tenían un sol en el bolsillo, se dirigían al mercado más cercano y muy amablemente pedían a las vendedoras de alimentos que les regalaran una papa o un tomate. Y así se juntaba el almuerzo o la cena.

Se me ocurre pensar que los congresistas de ahora que se ocupan de la gratuidad de la enseñanza, deberían haber vivido experiencias como la mía, pues de otro modo, simplemente gobiernan a los muertos de hambre que no tienen alternativa de futuro -según ellos- Y lo que es más importante, ¿habrán superado sus taras racistas?

La pregunta es entonces: ¿cómo alumnos como Alberto podían permanecer indiferentes ante las injusticias sociales y ante los cambios políticos que se daban en el mundo?, ¿como podemos imaginar que todos los alumnos que vivían y tenían sensibilidad social podían permanecer indiferentes ante esos hechos?. Ello no condicionaba necesariamente que tenían que ser comunistas; un claro ejemplo de esto fue Haya de La Torre que generó una línea nueva de pensamiento y que ojalá lo recuerden sus correligionarios para no apoyar iniciativas de suprimir la gratuidad de la enseñanza. El indicaba: “...no solamente hay que combatir y redimir a los analfabetos que no saben leer y escribir, sino también a otro tipo de analfabetos, que resulta de las limitaciones económicas que tiene el muchacho al terminar su primaria para seguir la secundaria o llegar a la educación superior. Nosotros tenemos que hacer de la Educación una reivindicación económica y social, y nosotros tenemos que decir una vez más que aquí en el Perú, la gratuidad de la enseñanza es exigencia de primer orden para que el desarrollo y la justicia se cumplan...”, ¿recordará el ministro de educación estas palabras? o tal vez ¿el maestro y guía, el Sensei, el Yoda de los apristas ya no pinte más?. La idea tampoco es si estaban equivocados o no, simplemente hay que entender que lo que ocurría en la universidad y que el autor de la nota que comento deplora, tenía una razón de ser y posiblemente fue positivo para el desarrollo del país, pero ese es otro tema de discusión.

Obviamente en la Universidad nos encontrábamos con estudiantes de diferentes estratos sociales, tal vez esto fue una fortaleza de la Universidad Pública a diferencia de la privada donde es más homogénea la situación condicionada por el elemento económico. Ello hacía también que la respuesta a estos hechos tenga un diferente matiz ya que la organización estudiantil se polarizaba de acuerdo a su estrato social. Estudiantes provenientes de estratos más altos tenían paradigmas distintos y obviamente era imposible para ellos entender estas manifestaciones sociales; el esquema que manejaban obedecía más a un sistema que existía en el cual vivían y que era adecuado para ellos, este es el caso del columnista del cual me he ocupado.

Ahora se habla de que los alumnos provenientes de colegios privados deben pagar su educación en una universidad estatal. Vuelvo a mi caso, mis padres con un esfuerzo inusitado pudieron pagarme un colegio privado, hubiera sido imposible para mi estudiar en una universidad privada ya que la capacidad adquisitiva de mi madre, que enviudó ni bien terminé la secundaria, apenas alcanzaba para la subsistencia, teniendo en mi caso que trabajar dando clases para ayudarnos en el presupuesto.

Es importante a estas alturas recordar el artículo 17 de la constitución del estado que en realidad, lamentablemente siempre ha sido letra muerta. Este expresa: “el Estado garantiza el derecho a educarse gratuitamente a los alumnos que mantengan un rendimiento satisfactorio y no cuenten con los recursos económicos necesarios para cubrir los costos de educación.” como satisfactorio se entiende que estén ya estudiando y rindiendo pruebas.

La gratuidad de la enseñanza en todos los niveles es una conquista que se debe respetar. Forma parte del movimiento mundial por el avance democrático, la igualdad y la justicia.

Como se sabe, Europa, a diferencia de Estados Unidos, considera deber del Estado la educación gratuita. En Alemania, los estudiantes universitarios sólo pagan una suma modesta para seguro de salud.

En Finlandia, el país de mejor nivel educativo en el mundo, la gratuidad es absoluta. Los maestros de primaria y secundaria tienen buenos sueldos y los alumnos, desde libros hasta lápices gratuitos. Todos los estudiantes tienen derecho a una comida caliente.

La gratuidad de la enseñanza, es una bandera del avance de la civilización, lamentablemente este tipo de propuestas nos lleva al atraso y son dadas por gente que son adictas a las dictaduras y que por sobre todo sus complejos y prejuicios raciales los han vuelto miopes para ver la realidad dejando de lado el simple sentido común.