Justicia para todos

Por Leandro Rodríguez


He podido observar en los países que he visitado últimamente, que algo ocurre en este nuevo mundo; pero dentro de nosotros mismos. Una especie de demonio merodea y su orden es oprimente. Su insolencia inspira respeto, indignación, terror o admiración entre la gente, y ésto va estrechamente relacionado con el rol y la ubicación que se les ha impuesto desde el orden vigente, uno nuevo -en apariencia-, democrático. Pero no es para todos, siquiera; sólo para una minoría, y luego de haberle quitado la capacidad de ver y de comprender.

El saber es cada vez más parcial, ya que la ciencia y la tecnología (que hoy podrían dar trabajo, desarrollo y dignidad a todos), de hecho, son puestas al servicio del crimen incluso legalmente y también de estado, como expresión política de este poder.

El problema es la dependencia cultural. La ideología de los que dominan y de los países que los representan, así como la inducción a la simplificación; a la ilusión y consecuentemente al error, que es el arma más difícil de vencer. Es imposible -como se afirmó-, liberar un esclavo que se cree libre porque esto es lo que se observa diariamente en nuestra sociedad. Esclavos culturales siguiendo las normas de lo instituído, sin capacidad de observar el orden impuesto.

Durante miles de años, se creyó que el sol era una fuente perfecta e inagotable de luz. En realidad, el sol está en una situación de extremo caos; arde y emite enormes llamaradas en una especie de autoconsumación, en una gran emisión y desperdicio de energía. Es una gigantesca bomba de hidrógeno en extinción, nacida de la catástrofe y que se consume constantemente y de la cual, su futuro tiene solo dos alternativas: o la explosión o la implosión.

Durante miles de años se creyó que el sol iluminaba el centro del universo, es decir la Tierra, tal y como se le consideró. Hoy sabemos que somos un insignificante planeta, en un pequeño sistema estelar, a los bordes de una galaxia más entre miles de millones de otras galaxias.

La apariencia, lo obvio, la racionalidad y la evidencia nos permiten mirar y retener de manera objetiva aquello que es sólo subjetivo, o bien aquello que así parece. Ilusiones de las cuales es imposible liberarse, sino es a través de la investigación constante, rebelándose ante las costumbres y luchando contra el engaño de lo superficial.

La realidad es siempre más compleja de lo que parece y también porque cuando se la alcanza no es definitiva, ya que está en contínua transformación. Ligada a las situaciones determinadas por la complejidad de un momento dado, cuando se la ha alcanzado, es necesario mantener con ella una constante relación de relatividad y de confrontación, basada científicamente en la prueba empírica.

Los problemas sociales de la opresión, discriminación y explotación, no son casuales o características específicas de la especie humana. La subordinación de la mujer no está en la relación hombre-mujer, así como el problema del racismo no será jamás enfrentado seriamente, si se individualiza en la relación entre blanco y negro; ni el problema de la tierra o de la casa está en el campesino o en el sin tierra. El problema está exclusivamente en las formas de organización y de convivencia, o sea de “explotación-dominación” creadas y actuadas por las sociedades que, a lo largo de los tiempos, han hecho legítima su presunta superioridad y la dominación de los hombres sobre las mujeres; de los blancos sobre los negros y de los ricos sobre los pobres. Son los mismos mecanismos que obligan a los pueblos enteros a la incertidumbre sobre su futuro, a la angustia de un mañana siempre peor. Grupos en permanente lucha entre ellos hasta el odio más profundo, hasta la guerra; convencidos de matar al enemigo el cual, se encuentra entre ellos mismos. Víctimas que desconocen la verdad sobre las necesidades de los pueblos y la incertidumbre del trabajo; y de la dignidad de una repartición equitativa de las riquezas disponibles. Pero esta situación tan obvia es sistemáticamente ocultada. Dividir es una vieja táctica para triunfar y una exigencia de la sociedad en la que vivimos; la que establece su violencia en la riqueza de pocos, en una loca carrera de lobos, en la cual se puede ganar solamente gracias a la opresión de muchos.

La sociedad en que vivimos, comenzó hace mas de 200 años con muchas promesas de libertad, igualdad y fraternidad; con la ilusión de que la libertad conducía por sí sola, inevitablemente, a los otros dos objetivos. Dicho en otras palabras, los hermanos no pueden ser hermanos sino son iguales y no podrían ser iguales sino fueran libres de necesidades y opresión.

De igual manera, esta misma sociedad actual, identifica el privilegio del libre mercado con la libertad de las personas, la cual está destinada al enriquecimiento ilimitado de pocos, en una lucha científicamente despiadada de unos contra otros y no dirigida a solucionar los problemas sociales que afligen a miles de millones de personas.

Igualmente, en los países desarrollados el consumo viene impuesto por la publicidad que invade y coloniza la mente, con la protección de las instituciones y del gobierno. Las personas son utilizadas como animales dominados por el dinero. Curiosamente, los países como el nuestro -sin la esperanza de un mañana-, son los definidos hipócritamente como pueblos en vías de desarrollo. Aunque en realidad, son esclavos del imperio del dinero, de las leyes del mercado y de las políticas de grandes organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), y el Banco Mundial (BM).

Este lamentable estado, sólo se mantiene con la violencia (como sucede en el llamado Tercer Mundo), o con una parcialización tal del conocimiento que increíblemente -hasta honestos intelectuales y científicos, especialistas de una pequeña parte del conocimiento-, pierden la visión general y no se dan cuenta, que están al servicio de los intereses del dinero.

Por otro lado, cada vez más frecuentemente se escucha decir, que el origen del hambre en los países del Tercer Mundo, es el alto porcentaje de natalidad existente. Sin embargo, este tanto por ciento en los países pobres se debe al atraso, dependiendo de factores religiosos y analfabetismo; y, para los campesinos, de la necesidad de tener una cierta cantidad de hijos varones por familia. Un indicio de la creciente natalidad es también necesaria, para suplir el alto índice de mortalidad infantil. Asimismo, el tener un alto número de hijos aumenta la posibilidad de supervivencia para los padres que, envejeciendo, no tendrían más la posibilidad de subsistir. En los países del Tercer Mundo, los hijos también representan la jubilación en la ancianidad.

En el caso de los países que llegaron a un cierto grado de desarrollo, éstos controlan perfectamente los nacimientos. La explosión demográfica -antes que ninguna otra cosa-, es un producto de la pobreza, del aislamiento y de la ignorancia a la que están sometidas dos terceras partes de la humanidad. Ergo, aquellos que han planificado la eliminación de la pobreza, han logrado dominar el aumento de la población.

Paradójicamente, aquéllos que son definidos como países desarrollados o bien países con fuerte monopolio en ciencia y tecnología, pueden ser responsables de la decadencia de la humanidad. Pero es justamente, el consumismo desenfrenado de los recursos inducido por la búsqueda del máximo lucro, el que lleva a un rápido agotamiento de las condiciones ambientales necesarias para la continuidad de la vida y porque abusa de todos los recursos tecnológicos disponibles. Esto demuestra que la ciencia, lejos de ser independiente, en realidad está al servicio de intereses determinados. A causa de las nuevas tecnologías, en el mundo vienen siendo exterminados a cada minuto, decenas de hectáreas de selva. Cada año se destruyen 15 millones de hectáreas de vegetación y en menos de un siglo -al ritmo actual-, desaparecerán las selvas tropicales. Todo ello, gracias al uso irresponsable de aquella tecnología que debería mejorar la calidad de la vida y no destruirla.

Es una verdad que el hombre es el constructor del propio futuro. Es verdad también, que los aspectos económicos son determinantes pero fuertemente influenciados por la cultura, y según el nivel del hombre, se convierte en constructor activo de su propia liberación y futuro, cuando adquiere conciencia de su rol. De no ser así, resulta un producto de la sociedad en la que vive y cada quien, puede considerarse como mejor le parezca. Pero inconscientemente, sufre el condicionamiento que lo domina al punto tal de hacerlo asumir, como valores de libertad y democracia, la tendencia al lucro y al poder. La única posibilidad de salir de este círculo vicioso es, para el hombre, salir de la edad de la adolescencia en la que se encuentra y entrar en la fase adulta; o sea, en la edad madura de su existencia y esto puede hacerlo sólo científicamente, no improvisando.

La verdad objetiva es una y no puede haber más verdades. La verdad significa reconocer que ella pertenece a una colectividad, no a un sólo individuo. En otros términos, la búsqueda de la verdad es -sin dudas-, condicionada por las estructuras sociales en la que se encuentra; pero ello no incide en algún modo sobre el carácter objetivo de la verdad misma. El protagonista de la búsqueda no es el individuo sino la sociedad a la que pertenece. Consecuentemente, no tiene sentido por ejemplo, culpar a Galileo o a Newton por haberse ajustado a sus propias investigaciones y por el ambiente en el cual vivían. Tampoco se les puede atribuir culpa al haber dirigido la investigación científica en una dirección en vez de otra, o a favor de un estrecho grupo de personas, en lugar de todo el pueblo. Por los mismos motivos, artistas (escultores y pintores), de la edad media esculpían y pintaban en función del dominio del clero de la época, así como hoy todo está en función del libre mercado.

Dicho de otra forma, debido a que la búsqueda de la verdad es un fenómeno esencialmente social, es necesario transformarr a la sociedad, para obtener aquellos cambios que erróneamente son considerados de competencia de las ideas, las cuales en realidad no son más que el producto de la sociedad que las genera.

Todas las cosas son establecidas por relaciones de tiempo y de lugar, así como por las condiciones en las cuales se dan. De tal manera que, intentar comprender las cosas fuera de tiempo o lugar y de condiciones específicas, es una operación abstracta que conduce a muchas versiones falsas de la realidad, actitud que es costumbre en quienes nos gobiernan.

La transformación de la cultura en una sociedad, no se produce automáticamente en la conciencia; tampoco viene espontáneamente con la economía. Los cambios son lentos y no siguen un ritmo, pues hay períodos de aceleración, otros de desaceleración y también a veces, de regresión. Hoy indudablemente, nos encontramos en esta última situación.

Por lo tanto, es inevitable comprender (más allá de las intenciones), de qué lado se puede estar y -para quien es ya conciente-, es un deber extenderlo a quien esté cerca de el.

Hay cosas que se pueden hacer sin necesidad de aprenderlas. Por ejemplo, se puede comer y respirar sin conocer las leyes de la digestión o respiración; pensar o conocer sin saber cuáles son las del conocimiento y la naturaleza del pensamiento. Pero mientras la asfixia y la intoxicación, se hacen sentir inmediatamente en la respiración y en la digestión; el error y la ilusión tienen una característica justamente .....no se manifiestan como error o ilusión. El error consiste simplemente, en el hecho de que no parece tal.