La búsqueda de la verdad

Por Leandro Rodríguez


Mi afición por la ciencia nace en mi niñez, cuando inicié la observación consciente del mundo que nos rodeaba y darme cuenta que todo aquello era abrumador, pero a la vez, susceptible a una explicación. En particular, las cuestiones sobre el mundo físico y el Universo en su conjunto me fascinaron: plantear preguntas, dar respuestas, argumentar las mismas. Pensaba que con el tiempo podría escribir un libro conteniendo todas las respuestas. Una ingenuidad de mi ignorancia en aquella época, y no sólo por la indiferencia de la mayoría de las personas al negarse a contemplar tales cuestiones, sino porque descubrí un oscuro resultado que sacudió en un tiempo los cimientos del conocimiento científico. Kurt Gödel, ampliamente considerado por la comunidad matemática como el lógico más grande de todos los tiempos, sus descubrimientos minaron los fundamentos sobre los que se construyeron las matemáticas hasta el siglo XX y han generado un debate filosófico sobre la naturaleza de la verdad. Sus innovaciones técnicas han hecho progresar a las ciencias de la computación. Demostró en la década de los 30, que la razón pura adolece de un gran problema que la comunidad científica no tomaba en serio.

Kurt Gödel tambaleó los pilares de las matemáticas. Había demostrado que ciertas cuestiones no podían ser demostradas a través del método deductivo que la lógica matemática había tomado como su razón de ser. Los propios matemáticos se definen a ellos mismos como aquellas personas que prueban relaciones formales entre entidades abstractas. A primera vista, parecía que Gödel había matado las matemáticas.

Permítanme mostrar, sólo un concepto técnico, pero creo bastante intuitivo, para expresar de manera muy simple los teoremas de Gödel.

Se dice que un sistema, teoría o conjunto de axiomas es consistente si una proposición y su negativa no son verdaderas a la vez.

En esencia, y evitando tecnicismos innecesarios, los teoremas de incompletitud de Gödel establecen lo siguiente:

1. Toda caracterización consistente de la aritmética contiene proposiciones verdaderas que no pueden demostrarse.

2. La aritmética es incapaz de demostrar su propia consistencia.

Estos resultados son devastadores para la venerada idea de la razón pura como fuente de conocimiento. Y esto es porque las limitaciones en la aritmética se generalizan fácilmente a teorías más complejas. Por ejemplo en la física o la biología, se emplea la aritmética simplemente como herramienta, muestran un nivel de complejidad inalcanzable mediante la aritmética. Si existen, afirmaciones no demostrables en la aritmética, entonces las habrá también en cualquier otra disciplina de mayor complejidad que, de un modo u otro, se basen en la aritmética. En particular, por ejemplo, cuestiones sobre la realidad de nuestro Universo adquirirían, en principio, uno de los valores, verdadero o falso, pero seríamos incapaces de saber cuál sería el correcto.

Nos vemos forzados, a encarar una realidad que genera mucho desasosiego entre los científicos, especialmente aquéllos que tienen prejuicios filosóficos que atentan contra el espíritu científico.

La ciencia asume un incremento en el conocimiento que posee sobre la realidad física. Cada descubrimiento la acerca, se suele pensar, a la verdad última y absoluta. Hume, allá por el siglo XVIII, mostró que no es correcto extrapolar desde lo observable a lo no observable para extraer conclusiones sobre dicha realidad no observable. Por tanto, con su argumento, tan sólo podemos contentarnos con certezas asociadas a limitadas islas de la realidad, aquéllas empíricamente contrastadas. El resto de la abrumadoramente vasta realidad queda fuera de nuestro conocimiento.

Si tomamos en serio el problema de Hume y lo combinamos con los teoremas de incompletitud de Gödel, llegamos a la descorazonadora, conclusión que tanto el conocimiento empírico absoluto como la demostración que tal conocimiento es verdadero son, sencillamente, una ilusión. No hay acceso a ninguna realidad absoluta en la tarea científica.

La misión que empezó hace miles de años con los primeros científicos (por entonces eran filósofos) ha sido dilapidada. Es cierto que la idea de alcanzar el conocimiento supremo y saber que tal conocimiento es verdadero parece haber sido desterrada de la ciencia. Pero, en mi opinión, tal idea siempre ha estado mal definida. Siempre ha sido un deseo, una esperanza o, incluso, una necesidad. No existe la menor evidencia que apunte hacia la existencia de una realidad última, menos aún nuestra capacidad de comprenderla.

A pesar de ello, la esencia del espíritu científico sigue inalterable. La búsqueda de la verdad (cualquiera su significado) es el motor de la ciencia. No requiere asumir la hipótesis que dicha búsqueda tendrá un final. El placer de descubrir está en el camino.

 

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